Vuelvo, lo confieso, a las andadas filosóficas. Venía pensando desde hace tiempo en una frase con la que el filósofo francés Roland Barthes abrió uno de sus cursos en el Collège de Francia: "el honor puede ser a veces inmerecido. La alegría, nunca", y me apetecía escribir algo sobre el tema. Por otra parte, cada mañana camino de la universidad, al pasar por un quiosco, veo cómo los infames libros de autoayuda van invadiendo poco a poco el mostrador: "La fuerza del optimisto", "Cómo ser feliz sin proponérselo", "Por el camino de la alegría" y otras memeces con las que timadores de feria como Paulo Coelho, a fuerza de orgasmos tibetanos (tan feliz expresión no es mía, Pérez Reverte dixit) terminan montándose en el dólar. También he visto estos días un ensayo de Eduardo Punset sobre las bases científicas de la felicidad, que termina con aquella famosa fórmula que tuvo sus cinco minutos de fama en todos los telediarios de hace ya algún tiempo. Quizá solo una sociedad tremendamente infeliz (¿será nuestro caso?) necesite gurús como Coelho, Bucay y compañía o recurrir al intrincado mundo de la matemática aplicada para determinar su grado de satisfacción. Creo firmemente que, en materia de felicidad, todo lo que hace falta saber, lo dijeron los griegos: Epicuro y Aristóteles. De Aristóteles me quedo con que la felicidad es un estado mantenido ("una sola golondrina no hace verano", dice él) es decir, no se está feliz, sino se es feliz, aunque eso incluya, claro está, momentos malos. El pobre Epicuro, que ocupa un lugar muy destacado entre mis ídolos, ha sido muy mal entendido. Nos lo presentan como un follador orgiástico, un bebedor impulsivo, que se vendería al mejor postor por unos gramos de placer. Nada más lejos de la realidad: Epicuro nos enseña que ser felices es nuestra obligación moral en este mundo (idea que perseguirá, siglos después, a Borges), y que quien de verdad es feliz ha alcanzado la sabiduría. ¿Alguien se opone?

No quisiera terminar estas pequeñas reflexiones sin una larga enumeración de aquello que yo entiendo por felicidad. Felicidad, pues es: tener un buen puñado de amigos y comunicarte con ellos a menudo, aunque vivas lejos; vivir lejos una temporada, volver, viajar, una maleta llena de libros, hablar de libros con alguien que también los ame, largas conversaciones hasta altas horas de la madrugada, despertar acompañado, que te lleven el desayuno a la cama algunos días, llevárselo tú a alguien que quieras, el té, el cappucino, tener dinero en el bolsillo para invitar a un amigo a uno, no hace falta mucho más, pasear, tomar helado, escribir una página cada día, que alguien la lea y te lo cuente, las matemáticas, aprender lenguas, retirarte unos días cada cierto tiempo a un pueblo medio abandonado, tener una sonrisa siempre preparada, reír a carcajadas y que se rían de tu risa, meditar, salir cualquier día que apetezca....