Es curioso como un pequeño parón en el estudio puede convertirse en toda una inspección antropológica. Bajaba el sábado por la tarde a comprar unas fichas bibliográficas (esas con rayitas en las que cuatro locos como yo seguimos apuntando todo lo referente a los libros que leemos) a los chinos de al lado de mi casa, cuando descubrí que también allá habían llegado las rebajas. "Todo artículo al 50%" decía, con la sintaxis habitual, el cartelito en el escaparate. El espectáculo está servido, pensé. Y así era. Rápidamente renuncié a comprar mis fichas, pero me di cuenta de que si conseguía situarme en una esquina adecuada, la diversión estaba servida. Y allí presencié cómo una madre le preguntaba a su hija de siete años cómo había logrado entrar en la web de "Pasión de gavilanes", y cómo una señora se llevaba ¡nueve! pijamas azules brillantes para su marido, y cómo dos amigas de edad avanzada se decían, mientras una revolvía un montón de cosas y la otra seguía acumulando velas en la mano, "hay, pues, chica, yo ni siquiera tengo lápices, pero una ve estos sacapuntas tan baratos, y le dan ganas de llevárselos", y cómo un señor comentaba con su compañero de cola que un sobrino suyo "se había tenido que ir a estudiar a Barcelona, y él le había recomendado que buscara una casa cerca de una estación de metro, de un Día, y sobre todo, de unos chinos". Permanecí aún un rato, divertido, sonreí al salir y, mientras dejaba pasar a una señora cargada de sartenes y de coladores y de utensilios varios de cocina, pensé en lo absurdo que es el mundo moderno, lleno de fuerzas ya para volver a mis grupos, anillos e ideales.