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  • Una felicidad libre de euforia

    Hablaba, en el último post, de mis ideas sobre la felicidad, y me ha parecido un buen complemento citar este poema de Juan Antonio González Iglesias, un buenísimo poeta salmantino del que hablaré algún día de estos. Dice así:

    UNA FELICIDAD LIBRE DE EUFORIA

    Existe
    una felicidad libre de euforia,
    una felicidad
    sostenida de días, que suceden
    sin sucederse, libres
    de vértigo también,
    una felicidad que no atrae
    la atención de los dioses, porque apenas
    es. Los que la transitan,
    paso a paso, no notan el camino.
    Una felicidad sin entusiasmo,
    sin acontecimientos. El amor,
    como el sol en la fronda, se difunde
    humildemente.
    Esos días el sueño significa
    dormir, más que soñar. En sus dominios
    nunca hay que levantarse a medianoche
    para limpiar las sábanas de arena,
    porque no ha habido playa
    ni combate. Mas sí serenidad
    de otra manera,
    como lo que perdura. Y no es inercia.
    Ni llama. No hay herida,
    y no ciega la espada al mensajero.
    Últimamente pienso mucho en esto.
    No sé si la he tenido. No recuerdo.
    He encontrado dos líneas en que pido
    una felicidad libre de euforia.
    Y, si no la he tenido, me pregunto
    por qué sé describir tan justamente
    ese país en el que nunca he estado.

    Juan Antonio González Iglesias

  • La felicidad

    Vuelvo, lo confieso, a las andadas filosóficas. Venía pensando desde hace tiempo en una frase con la que el filósofo francés Roland Barthes abrió uno de sus cursos en el Collège de Francia: "el honor puede ser a veces inmerecido. La alegría, nunca", y me apetecía escribir algo sobre el tema. Por otra parte, cada mañana camino de la universidad, al pasar por un quiosco, veo cómo los infames libros de autoayuda van invadiendo poco a poco el mostrador: "La fuerza del optimisto", "Cómo ser feliz sin proponérselo", "Por el camino de la alegría" y otras memeces con las que timadores de feria como Paulo Coelho, a fuerza de orgasmos tibetanos (tan feliz expresión no es mía, Pérez Reverte dixit) terminan montándose en el dólar. También he visto estos días un ensayo de Eduardo Punset sobre las bases científicas de la felicidad, que termina con aquella famosa fórmula que tuvo sus cinco minutos de fama en todos los telediarios de hace ya algún tiempo. Quizá solo una sociedad tremendamente infeliz (¿será nuestro caso?) necesite gurús como Coelho, Bucay y compañía o recurrir al intrincado mundo de la matemática aplicada para determinar su grado de satisfacción. Creo firmemente que, en materia de felicidad, todo lo que hace falta saber, lo dijeron los griegos: Epicuro y Aristóteles. De Aristóteles me quedo con que la felicidad es un estado mantenido ("una sola golondrina no hace verano", dice él) es decir, no se está feliz, sino se es feliz, aunque eso incluya, claro está, momentos malos. El pobre Epicuro, que ocupa un lugar muy destacado entre mis ídolos, ha sido muy mal entendido. Nos lo presentan como un follador orgiástico, un bebedor impulsivo, que se vendería al mejor postor por unos gramos de placer. Nada más lejos de la realidad: Epicuro nos enseña que ser felices es nuestra obligación moral en este mundo (idea que perseguirá, siglos después, a Borges), y que quien de verdad es feliz ha alcanzado la sabiduría. ¿Alguien se opone?

    No quisiera terminar estas pequeñas reflexiones sin una larga enumeración de aquello que yo entiendo por felicidad. Felicidad, pues es: tener un buen puñado de amigos y comunicarte con ellos a menudo, aunque vivas lejos; vivir lejos una temporada, volver, viajar, una maleta llena de libros, hablar de libros con alguien que también los ame, largas conversaciones hasta altas horas de la madrugada, despertar acompañado, que te lleven el desayuno a la cama algunos días, llevárselo tú a alguien que quieras, el té, el cappucino, tener dinero en el bolsillo para invitar a un amigo a uno, no hace falta mucho más, pasear, tomar helado, escribir una página cada día, que alguien la lea y te lo cuente, las matemáticas, aprender lenguas, retirarte unos días cada cierto tiempo a un pueblo medio abandonado, tener una sonrisa siempre preparada, reír a carcajadas y que se rían de tu risa, meditar, salir cualquier día que apetezca....

  • Rebajas en los chinos...

    Es curioso como un pequeño parón en el estudio puede convertirse en toda una inspección antropológica. Bajaba el sábado por la tarde a comprar unas fichas bibliográficas (esas con rayitas en las que cuatro locos como yo seguimos apuntando todo lo referente a los libros que leemos) a los chinos de al lado de mi casa, cuando descubrí que también allá habían llegado las rebajas. "Todo artículo al 50%" decía, con la sintaxis habitual, el cartelito en el escaparate. El espectáculo está servido, pensé. Y así era. Rápidamente renuncié a comprar mis fichas, pero me di cuenta de que si conseguía situarme en una esquina adecuada, la diversión estaba servida. Y allí presencié cómo una madre le preguntaba a su hija de siete años cómo había logrado entrar en la web de "Pasión de gavilanes", y cómo una señora se llevaba ¡nueve! pijamas azules brillantes para su marido, y cómo dos amigas de edad avanzada se decían, mientras una revolvía un montón de cosas y la otra seguía acumulando velas en la mano, "hay, pues, chica, yo ni siquiera tengo lápices, pero una ve estos sacapuntas tan baratos, y le dan ganas de llevárselos", y cómo un señor comentaba con su compañero de cola que un sobrino suyo "se había tenido que ir a estudiar a Barcelona, y él le había recomendado que buscara una casa cerca de una estación de metro, de un Día, y sobre todo, de unos chinos". Permanecí aún un rato, divertido, sonreí al salir y, mientras dejaba pasar a una señora cargada de sartenes y de coladores y de utensilios varios de cocina, pensé en lo absurdo que es el mundo moderno, lleno de fuerzas ya para volver a mis grupos, anillos e ideales.

  • Vuelvo

    Vuelvo. Tras un par de semanas de parón técnico por varios motivos, continúo mi rutina de bitácora con la esperanza de no tener que volver a frenarla tan largo tiempo. Habéis sido muchos los que me habéis pedido que volviera a las andadas y los que habéis seguido visitando el blog día a día para encontaros siempre con el texto sobre la última novela de Saramago (que no me paga, aunque debiese, porque quizá haya sido el anuncio más largo de la historia de la publicidad). En fin, gracias a todos, a las 288 visitas, según el escrupuloso cómputo del servidor, que ha habido hasta la fecha, y a quienes como Elisa, Mikel, Mariana, Raquel o Iñaki me han animado con comentarios como los siguientes: "ya estamos cansados de por qué te gusta Saramago", "tengo mono" (este me gusta especialmente), "¿qué pasa con el blog?", etc. (que cada cual encuentre el suyo)

  • Por qué me gusta Saramago

    Vaya por delante que lo considero uno de los mejores escritores vivos, uno de los últimos premios Nobel más acertados (también Coetzee y Naipaul) de la de por sí caprichosa academia sueca. Terminé de leer hace un par de días Las intermitencias de la muerte, regalo de mi hermana, que a fuerza de echarme una mano para ordenar mi biblioteca (voluntariamente, ¡ojo!, que nadie me acuse de explotador de hermanas), va conociendo mis gustos. Las intermitencias de la muerte mantiene las características más propias de la obra de Saramago. Parte, como Ensayo sobre la cerega, o El hombre duplicado de una anomalía, de un hecho en apariencia nimio, que desencadenará toda la trama. El primero de enero de un año que no se precisa, en un país que bien pudiera ser España, no muere nadie. Tampoco los días sucesivos. Con este punto de partida, que se resume en media línea, Saramago arranca un relato en el que la paciencia de alfarero a la que nos tiene acostumbrados se demora reflexivamente en cada hecho, enhebra una frase con la siguiente, la voz de un personaje con la de uno de sus interlocutores, en esos párrafos larguísimos tan suyos. Y esto le permite construir una crítica lúcida de temas tan variados como el papel de la Iglesia en nuestra sociedad (hay páginas de antología), el trato a los ancianos, o el futuro rumbo de la economía... Una novela redonda, en definitiva.

  • Rutinas

    Somos, querámoslo o no, animales rutinarios. La rutina nos ata al mundo, nos recuerda que los días se suceden unos tras otros como las cuentas de un collar casi infinito. Por eso por un lado es protectora, como la llama Rosa, y por otro, alegra tanto romperla cada cierto tiempo. Lo pensaba camino de la facultad esta mañana, mientras se despertaba el barrio. Y me encontraba con la misma pareja de quinceañeros desayunándose a besos que veo todas las mañanas (un paso más, y les saludo: Bueno días, ¡qué aproveche!), luego con la dueña del quiosco colocando a la vista los periódicos recien llegados (ABC siempre está el primero, no sé por qué será), y con un chico con el pelo rapado, absorto con sus auriculares, empujando la silleta de un bebé hasta la guardería, y con una pareja (ella rusa, él probablemente alemán) que mantiene en español las más extrañas conversaciones (hoy tocaba hablar sobre las ratas de agua, es un buen botón de muestra) camino de la universidad, y todos los días con alguien que mantiene la ilusión de que llegara de un semáforo al siguiente antes de que se ponga en rojo (menos de cien metros los separan, pero es del todo imposible...) ¿Qué pensarán de mí los que se encuentren conmigo todas las mañanas?

  • Marina y Pombo

    Estuve ayer, sobre la media tarde, escuchando un diálogo entre José Antonio Marina y Álvaro Pombo en la Fundación Juan March, y me reí a mandíbula batiente. Marina y Pombo se conocieron hace la friolera de 48 años en el colegio mayor, cuando uno llegaba de Toledo y el otro de Santander para estudiar filosofía por vez primera (luego Pombo la repetiría en Londres). Pronto Marina se hizo amigo de aquel chico que, con aspecto de aguilucho, paseaba con un grueso índice de la obra de Aristóteles bajo el brazo; y fue precisamente él quien le editó su primer texto en una revistilla que dirigía. Esta amistad quedó patente en una simpática conversación en la que José Antonio Marina comenzó presentando la obra de Pombo y haciendo hincapié en su vertiente poética. A su juicio, se divide en dos etapas: en la primera, Pombo refleja una desvinculación del mundo, el fracaso y el deterioro de alguien que se aleja de las cosas cada día más; en la segunda, siguiendo los consejos de Rilke ("el poeta debe alabar"), la desvinculación se vuelve alabanza de las cosas, y la bondad interesa, como al Dostoievsky que escribió "El idiota", más que la maldad. Tras este prólogo, empezó el disparate. Marina trataba de conducir la conversación, de seguir un hilo discursivo claramente reconocible, mientras Pombo daba rienda suelta a su vis narrativa y relataba sus años en Inglaterra, trabajando de telefonista en un banco, mientras aporreaba la máquina de escribir, o de cleaner "nada veleta" con una rubia altísima llamada Betina.

    Conocí a José Antonio Marina el pasado año. Los dos habíamos escrito artículos sobre matemáticas en la revista del Consejo Escolar de Navarra, y nos pusimos en contacto. Luego estuvimos comiendo en Santander a principios de septiembre. Sólo puede decir de él que es un tipo encantador, que transmite ilusión por seguirlo creyendo que si bien saberlo todo es imposible, al menos tenemos que intentarlo.

  • Exámenes

    Lamento convocar la temida palabra, sobre todo en fechas de retiro monjil (Studia et labora) como estas, pero ayer, charlando un rato por teléfono con mi amigo Iñaki, me di cuenta de que los dos teníamos la misma idea sobre un tema que me apetece comentar. Pensamos que cuando más se aprende es cuando no hay exámenes de por medio, ni ninguna otra prueba que, por decirlo de algún modo, pone en tensión. Leí hace un tiempo un artículo de Savater en el que decía que las diferencias entre el ejercicio físico y el intelectual (el entrenamiento del cuerpo y de la mente, si se quiere) estaban en que el del cuerpo era aburrido en su desarrollo, tenía una exhibición posterior gloriosa (mostrando bíceps, por ejemplo, en la playa en verano). mientras que el de la mente tenía un desarrollo apasionante (el estudio, la lectura, la buena conversación), pero un final tan tedioso como los exámenes.

    Pienso lo mismo (y eso que últimamente le he cogido gusto a hacer unas pesas al filo de la media tarde, para no pasarla entera sentado y no contraer dolencias de extraño nombre como el "síndrome de la clase turista" sin moverme de mi casa). Fui un niño curioso, y lo sigo siendo. Mi etapa de los porqués duró más de lo que hubieran querido mis padres, y aprendí a leer solo y por envidia. Lo he contado muchas veces: mi primo, algo menor que yo, tenía una maestra de la vieja escuela que, en lugar de dedicar tiempo a actividades como pegar gomets, quería que sus alumnos aprendieran a sumar, restar, leer y escribir cuanto antes. El caso es que, mientras daba sus primeros pasos en el ABC, mi primo pasó unas vacaciones en casa y se dedicó, día tras día, a leer los envoltorios de yogures y otros alimentos en la mesa. A mí me entró, entonces, un arranque ortodoxo de respeto a las buenas costumbres, y prohibí que en la mesa se leyera. El final es previsible... Quiero decir con esto que no necesito exámenes para aprender; es más, que como a mucha gente, a mí más que potenciarme el aprendizaje, estas fechas me lo frenan.

  • Pongamos que hablo de Madrid (del mío)

    Hay días en los que me invade la sensación de ser la única persona en Madrid a la que le gusta vivir aquí. Recuerdo que en los primeros días de clases muchos compañeros me preguntaban qué diablos se me había perdido en una ciudad tan grande, tan fría, llena de obras (¡a ver si encuentran pronto el tesoro!), en la que muchas veces se tarda más de una hora en ir de casa al trabajo. No lograron desanimarme: vine con conocimiento de causa, y aquí sigo. Quizá el secreto sea que he logrado, por suerte (pero, como dijeron los latinos, la suerte ayuda a los audaces), vivir en Madrid sin vivir en Madrid. No es que me haya entrado un arrebato místico como el de santa Teresa. Me explico: mientras buscaba piso, di con un chalecito pequeño, construido en 1927 en una colonia para los soldados que volvían de Marruecos, con patio con fuente de piedra en medio y hiedra cubriéndolo todo (bueno, yo me ocupo del jardín, y quizá no debiera estar tan frondosa...), a un cuarto de hora a pie de la universidad y bien comunicado por metro, para cuando necesito cogerlo. Así que, a dos pasos de todo, tengo un cuarto silencioso y puedo leer y estudiar sin sirenas de ambulancia de música de fondo, y si miro por la ventana, veo un árbol. Y si me apetece volver al mundo, bajo las escaleras y estoy en cinco minutos en una calle concurrida. También vine a Madrid por la cultura. Soy un curioso (pronto hablaré de ello) y a veces la poca actividad de una ciudad de provincias se me hacía dura. Y desde luego, Madrid me ha enseñado, en los pocos meses que llevo aquí, muchas cosas: no sólo matemáticas, sino también cómo dejar de ser un inútil integral en la cocina o cómo poner una lavadora. Pero sobre todo, he aprendido algo sobre las relaciones humanas (no me gusta mucho la palabra, pero no se me ocurre otra mejor): el cariño no debe suponerse, hay que manifestarlo. He echado de menos a muchos de mis amigos y de la gente que quiero, y les he llamado y les he escrito diciéndoles que tenía ganas de verlos y que los quería mucho. Quizá me haya vuelto un ñono, pero es el riesgo que se corre.

  • Los enemigos de la ciencia

    Están en todas partes. Pudiéramos pensar que fenómenos como los procesos eclesiásticos contra Galileo (eppur si muove...)y Copérnico, o la cautela de muchos otros científicos a la hora de dar a conocer lo que los ingleses llaman breaktroughs (resultados que rompen con el paradigma anterior) son cosas del pasado, pero día a día la actualidad nos sigue demostrando que son muchos quienes se empeñan tercamente en enfrentar la ciencia con la fe. Leía hace unas semanas en El País un reportaje sobre el crecimiento galopante en Estados Unidos, con Bush a la cabeza, de los adeptos a las teorías creacionistas, y sobre cómo la enseñanza del darwinismo había sido prohibida en muchas escuelas. Mi amiga M. me confirmaba que los esbirros del Opus Dei que enseñan antropología en la Universidad de Navarra hacen lo mismo en sus apuntes. Tanta estupidez me abruma, pero no me nubla el pensamiento. Creo, y adelanto lo que en breve escribiré en un artículo, que una de las soluciones para luchar contra los enemigos de la ciencia (soy consciente de que la metáfora apesta a positivismo) es esforzarse en construir una divulgación científica de calidad, que nos enseñe a todos, mediante palabras bellas y elegidas con cuidado, por ejemplo, los fundamentos de la teoría de la evolución y por qué obligar a elegir entre la ciencia (una verdad pública, objetiva) y la fe (privada, subjetiva) sólo puede ser de idiotas.

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